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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA XCII JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE (2007)
"Migraciones: signo de los tiempos"
Queridos hermanos y hermanas:
Hace cuarenta años se concluía el concilio ecuménico
Vaticano II, cuya rica enseñanza abarca numerosos campos
de la vida eclesial. En particular, la constitución pastoral
Gaudium et spes realizó un atento análisis de la
compleja realidad del mundo contemporáneo, buscando los
modos más adecuados para llevar a los hombres de hoy el
mensaje evangélico. Con ese fin, acogiendo la invitación
del beato Juan XXIII, los padres conciliares se esforzaron por
escrutar los signos de los tiempos, interpretándolos a
la luz del Evangelio, para brindar a las nuevas generaciones la
posibilidad de responder adecuadamente a los interrogantes perennes
sobre el sentido de la vida presente y futura, y sobre el planteamiento
correcto de las relaciones sociales (cf. Gaudium et spes, 4).
Entre los signos de los tiempos reconocibles hoy se pueden incluir
ciertamente las migraciones, un fenómeno que a lo largo
del siglo recién concluido asumió una configuración,
por decirlo así, estructural, transformándose en
una característica importante del mercado del trabajo a
nivel mundial, como consecuencia, entre otras cosas, del fuerte
impulso ejercido por la globalización. Naturalmente, en
este "signo de los tiempos" confluyen diversos componentes.
En efecto, comprende las migraciones internas y las internacionales,
las forzadas y las voluntarias, las legales y las irregulares,
también sujetas a la plaga del tráfico de seres
humanos. Y no se puede olvidar la categoría de los estudiantes
extranjeros, cuyo número aumenta cada año en el
mundo.
Con respecto a los que emigran por motivos económicos,
cabe destacar el reciente hecho de la "feminización"
del fenómeno, es decir, la creciente presencia en él
de la mujer. En efecto, en el pasado, quienes emigraban eran sobre
todo los hombres, aunque no faltaban nunca las mujeres; sin embargo,
entonces ellas emigraban sobre todo para acompañar a sus
respectivos maridos o padres, o para reunirse con ellos donde
se encontraban ya. Hoy, aun siendo todavía numerosas esas
situaciones, la emigración femenina tiende a ser cada vez
más autónoma: la mujer cruza por sí misma
los confines de su patria en busca de un empleo en el país
de destino. Más aún, en ocasiones, la mujer emigrante
se ha convertido en la principal fuente de ingresos para su familia.
De hecho, la presencia femenina se da sobre todo en los sectores
que ofrecen salarios bajos. Por eso, si los trabajadores emigrantes
son particularmente vulnerables, entre ellos las mujeres lo son
más aún. Los ámbitos de empleo más
frecuentes para las mujeres son, además de los quehaceres
domésticos, la asistencia a los ancianos, la atención
a las personas enfermas y los servicios relacionados con el hospedaje
en hoteles. En estos campos los cristianos están llamados
a manifestar su compromiso en favor del trato justo a la mujer
emigrante, del respeto a su feminidad y del reconocimiento de
sus derechos iguales.
No se puede por menos de mencionar, en este contexto, el tráfico
de seres humanos, sobre todo de mujeres, que prospera donde son
escasas las oportunidades de mejorar la propia condición
de vida, o simplemente de sobrevivir. Al traficante le resulta
fácil ofrecer sus "servicios" a las víctimas,
que con frecuencia no albergan ni la más mínima
sospecha de lo que deberán afrontar luego. En algunos casos,
hay mujeres y muchachas que son destinadas a ser explotadas, en
el trabajo, casi como esclavas, y a veces incluso en la industria
del sexo. Al no poder profundizar aquí el análisis
de las consecuencias de esa migración, hago mía
la condena que expresó Juan Pablo II contra "la difundida
cultura hedonista y comercial que promueve la explotación
sistemática de la sexualidad" (Carta a las mujeres,
29 de junio de 1995, n. 5). Aquí se halla todo un programa
de redención y liberación, del que los cristianos
no pueden desentenderse.
Por lo que atañe a la otra categoría de emigrantes,
la de los que piden asilo y de los refugiados, quisiera destacar
que en general se suele afrontar el problema constituido por su
ingreso, sin interrogarse también acerca de las razones
que los han impulsado a huir de su país de origen. La Iglesia
contempla este mundo de sufrimiento y de violencia con los ojos
de Jesús, que se conmovía ante el espectáculo
de las muchedumbres que andaban errantes como ovejas sin pastor
(cf. Mt 9, 36). Esperanza, valentía, amor y también
"creatividad de la caridad" (Novo millennio ineunte,
50) deben impulsar el necesario compromiso, humano y cristiano,
para socorrer a estos hermanos y hermanas en sus sufrimientos.
Sus Iglesias de origen deben manifestarles su solicitud con el
envío de asistentes de su misma lengua y cultura, en diálogo
de caridad con las Iglesias particulares de acogida.
Por último, a la luz de los actuales "signos de los
tiempos", merece particular atención el fenómeno
de los estudiantes extranjeros. Su número, también
gracias a los "intercambios" entre las diversas universidades,
especialmente en Europa, registra un aumento constante, con los
consiguientes problemas, también pastorales, que la Iglesia
no puede descuidar. Esto vale de modo especial para los estudiantes
procedentes de los países en vías de desarrollo,
para los cuales la experiencia universitaria puede constituir
una ocasión extraordinaria de enriquecimiento espiritual.
A la vez que invoco la asistencia divina para quienes, impulsados
por el deseo de contribuir a la promoción de un futuro
de justicia y paz en el mundo, trabajan con empeño en el
campo de la pastoral al servicio de la movilidad humana, envío
a todos, como prenda de afecto, una especial bendición
apostólica.
Vaticano, 18 de octubre de 2005
BENEDICTUS PP. XVI
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